• Julio Néstor Galindo Gómez

Psicoterapia en el exilio: De viajes, migraciones y comunicación

Envuelto entre el desencanto y la locura, el personaje de Don Quijote de la Mancha decide aventurarse en un viaje por fuera de su hogar, y va creando a su paso una realidad justo en un lugar donde parece que no existe ya nada por descubrir. Partió de su tierra, y a lo largo de su viaje se debate entre descubrimientos, ilusiones y mucha decepción. Entre temor e ilusión, tiene a la vez el deseo de nunca volver a casa y de no haber salido nunca de allí. En medio de su historia (la de su locura) se hace oír de los demás, esperando a la vez que lo escuchen pero que no lo descubran ¿O tal vez sí?



Creo que los viajes, las migraciones, como las de Don Quijote, Ulises y otros muchos, son modelos de algo que sucede permanentemente a lo largo de nuestras vidas. La búsqueda de aventuras y la conquista de lo desconocido, es también la búsqueda de algo que podamos llamar verdaderamente hogar, signifique lo que signifique para cada uno: el útero, los brazos de un cuidador, mi propia habitación, mi familia, los amigos verdaderos, la ciudad de mis anhelos, el trabajo añorado. Un nicho, una atmósfera en la mente - y por lo tanto en el mundo- donde puedan germinar y florecer los deseos, las emociones y los sueños.


Pero muchas veces nos encontramos con un mundo que se resiste a entender nuestro lenguaje y que parece no querer interpretar el papel que tiene en nuestra historia. Nos convertimos entonces en exiliados. Puede ser entonces que busquemos adaptarnos al nuevo ambiente, aprender sus costumbres acceder a sus exigencias. Esto permite que nos transformemos en el proceso, y que se amplíe la perspectiva: aprendemos a respirar en un medio aéreo, adquirimos una perspectiva vertical mientras aprendemos a desplazarnos con los pies, aprendemos hablar uno, dos, seis idiomas; que el mundo puede no ser como nos lo dibujaron en el colegio. Y entre más palabras y significados tenemos, más descubrimos todas las posibilidades que existen para podernos comunicar. Sin embargo, un buen día nos encontramos también con que ni aun teniendo todas las palabras del mundo es posible traducir aquello que el acento, el gesto, la mirada están gritando. Es entonces cuando necesitamos que sea el nicho, la atmósfera, la que reciba, entienda y transforme aquello que desconozco de mí.




Tanto más aguda es esta problemática, en los casos en que las migraciones son entre países. Y para aquellos que hemos vivido por fuera de nuestro lugar de crianza y que hemos trasladado nuestro nicho de forma temporal o permanente a otro territorio, parecen más evidentes las realizaciones de incertidumbre y misterio alrededor de la pregunta por quienes creemos ser. Al llevar y traer el hogar en la maleta, siempre dejamos cosas sin empacar. Siempre algo se quedó en otro mundo, siempre algo que el correo no puede devolvernos. Pero también, siempre algo que nos acompaña a pesar de no haberlo querido traer, un ancla que nos inmoviliza en espera de ser transformada en instrumento de navegación.


Pues bien, la psicoterapia es también un viaje. Pero depende de la pareja conformada entre el terapeuta y el paciente, de hacer de ella un viaje de re-conocimiento por territorios harto transitados o un genuino viaje de exploración a lo desconocido. Podemos esperar que el terapeuta nos diga lo que ya sabemos: lo que debemos hacer y lo que queremos oír. Esto lo podemos escuchar en cualquier idioma, pues igual ya tenemos el guion traducido, subtítulos y doblaje. Y peor aún, podemos esperar también que el paciente interprete su rol: ya sabemos lo que “tiene” y lo podemos curar. Eso sí, tiene que “poner de su parte” hablarnos con claridad y con nuestros lenguajes.




Pero cuando un paciente y un terapeuta acuerdan compartir un mismo sendero para explorar un nuevo mundo (el del paciente) quizá sea útil tener un idioma en común, y compartir una atmósfera (quizá cultural, lingüística o idiosincrática) de confianza. Y no se trata de que hayan tenido la misma infancia, o el mismo pasado; se trata más bien de poder escuchar y recibir lo que las palabras no dicen y no pueden decir. Precisamente porque nunca ha sido dicho sino vivido, aquello que cargo en la maleta de viaje y que no he podido usar en el nuevo mundo. Experiencias emocionales en espera de un suelo fértil para poder ser maduradas. Y para esto, el encuentro terapéutico está ahí, como atmósfera, como nicho para dejarlas germinar.


Donde quieras que vayas llevarás esas viejas preguntas, nada encontrarás en tus viajes que no estuviera desde siempre contigo, y cuando te enfrentes con las cosas más desconocidas, descubrirás que fueron ellas quienes arrullaron tu infancia” William Ospina en El País de la Canela.





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